
PRÓLOGO
HABANA INFINITA
Desde este meridiano, punto geográfico y latitud, decido escribir mi historia. No con afán de protagonismo menos de exhibicionismo, es simplemente una historia más de este mundo.
En este primer libro que de manera conjunta edito con mis compañeras, quisiera dejar el testimonio de que nos “reescribimos” a cada instante, a cada paso y que rescatar nuestra historia, ordenarla y publicarla es importante. Es una huella en nuestro camino y el inicio de una serie de huellas de más mujeres que se decidan a vivir la experiencia.
Cuando una mujer escribe, lo esta haciendo desde su historia única, personal e irrepetible y también lo hace a nombre de muchas más, de las que se fueron, de las que preparan la Tierra. Invoca a sus Diosas, sueña lo que sea no existen límites y se diluyen las fronteras.
Cuando una mujer se nombra y le grita al mundo que existe, los cielos retumban, el suelo se cimbra, los Dioses la escuchan, los demonios callan. . .
Sencillamente no hay recetas, cada quien desde nuestras riquezas avanzamos. Durante los diferentes viajes que he realizado a otras partes del mundo: Japón, Estados Unidos, España, Alemania, París, Praga, Cuba, he notado a través de pláticas y experiencias que las mujeres somos muy parecidas, algunas queremos ser amadas, otras escuchadas o respetadas o todo junto, pero en general añoramos oportunidades de desarrollo, poder superar ese esquema hegemónico de lo femenino, de lo que deberíamos ser, hacer o tener, deseamos siempre más.
Más tiempo para preparar ese delicioso postre para tu familia, una tarde para ir al cine y tomar café con las amigas, unas vacaciones para ir a una exótica playa con tu pareja, un camping para quedarte en el bosque con tu perro, alguien que te ame, que no te juzgue y una buena tina para sumergirte en agua caliente, entonces tallarte el corazón y esas heridas que ha dejado el amor.
Pero la realidad es que a las mujeres no nos alcanza el tiempo, así que nos hemos inventado a esa Supermujer que todo lo puede, todo lo resuelve aún a costa de ella. Vivimos dobles y triples jornadas, organizando la vida de todos menos la nuestra, en ocasiones obedeciendo a la jefa o jefe, que siempre es alguien ajeno a como pensamos y soñamos.
Reparamos las carencias, pintamos de rosa la amargura, cocinamos los malos recuerdos y los adornamos con pimienta recién molida para que huela bien, le ponemos sal para que a la familia “no le sepa tan feo”, después lavamos porque “la ropa sucia se lava en casa”. Ponemos nuestra música de siempre, donde otras mujeres cantan lo que nosotras quisiéramos gritar y así acompañamos lo que callamos.
Nos sentamos a remendar con diferentes hilos nuestro corazón, un hilo blanco del perdón, un rojo de dolor, uno café de rencor, uno azul de esperanza, un rosa mexicano de alegría y así, continuamos día tras día, llenando de hilos multicolores nuestras vidas.
Pero nos falta el ritual de la escritura, si escribiéramos nunca estaríamos solas, nos acompañarían nuestras otras partes, el papel se convertiría en espejo y podría reflejarnos tantas cosas, nos diría lo fuertes que somos, nos hablaría de cada arruga conquistada, de las canas que a veces nos salieron de ganas, de lo que no queremos soltar, del lastre que deberíamos lanzar, de las tardes de lluvia para reflexionar.
Por eso, ante este panorama, con los contrastes de la Habana, comienzo a contar mi historia y más que contarla a escribirla y más que a escribirla a continuarla. Este es el inicio de mi viaje, uno muy entrañable porque es al Centro de mi Tierra, al ombligo de mi mundo, donde todo se esta reordenando, reinventando, donde las situaciones tienen nuevas jerarquías, donde lo principal es mi tiempo, mi espacio y mis caminos.
Entre mojitos, cafecitos y tibios sorbitos de mate, mi memoria se excita y abro mis compuertas.
Nunca las volveré a cerrar, he quitado los candados, las puertas secretas, los lugares prohibidos, donde no se toca, no se siente. He prendido las luces y avanzo quitando telarañas que me asustan por su aspecto tétrico, me recuerdan al “coco” de la infancia, al robachicos que según mi abuela salía en las tardes, al desprestigio que caía sobre ti, si hablaban los vecinos.
Seguiré avanzando a pesar de los pesares, hasta llegar ahí. Al Nirvana, a la Tierra del Nunca Jamás, donde seré eternamente niña, como cuando flotaba en el vientre de mi madre.
HABANA INFINITA
Desde este meridiano, punto geográfico y latitud, decido escribir mi historia. No con afán de protagonismo menos de exhibicionismo, es simplemente una historia más de este mundo.
En este primer libro que de manera conjunta edito con mis compañeras, quisiera dejar el testimonio de que nos “reescribimos” a cada instante, a cada paso y que rescatar nuestra historia, ordenarla y publicarla es importante. Es una huella en nuestro camino y el inicio de una serie de huellas de más mujeres que se decidan a vivir la experiencia.
Cuando una mujer escribe, lo esta haciendo desde su historia única, personal e irrepetible y también lo hace a nombre de muchas más, de las que se fueron, de las que preparan la Tierra. Invoca a sus Diosas, sueña lo que sea no existen límites y se diluyen las fronteras.
Cuando una mujer se nombra y le grita al mundo que existe, los cielos retumban, el suelo se cimbra, los Dioses la escuchan, los demonios callan. . .
Sencillamente no hay recetas, cada quien desde nuestras riquezas avanzamos. Durante los diferentes viajes que he realizado a otras partes del mundo: Japón, Estados Unidos, España, Alemania, París, Praga, Cuba, he notado a través de pláticas y experiencias que las mujeres somos muy parecidas, algunas queremos ser amadas, otras escuchadas o respetadas o todo junto, pero en general añoramos oportunidades de desarrollo, poder superar ese esquema hegemónico de lo femenino, de lo que deberíamos ser, hacer o tener, deseamos siempre más.
Más tiempo para preparar ese delicioso postre para tu familia, una tarde para ir al cine y tomar café con las amigas, unas vacaciones para ir a una exótica playa con tu pareja, un camping para quedarte en el bosque con tu perro, alguien que te ame, que no te juzgue y una buena tina para sumergirte en agua caliente, entonces tallarte el corazón y esas heridas que ha dejado el amor.
Pero la realidad es que a las mujeres no nos alcanza el tiempo, así que nos hemos inventado a esa Supermujer que todo lo puede, todo lo resuelve aún a costa de ella. Vivimos dobles y triples jornadas, organizando la vida de todos menos la nuestra, en ocasiones obedeciendo a la jefa o jefe, que siempre es alguien ajeno a como pensamos y soñamos.
Reparamos las carencias, pintamos de rosa la amargura, cocinamos los malos recuerdos y los adornamos con pimienta recién molida para que huela bien, le ponemos sal para que a la familia “no le sepa tan feo”, después lavamos porque “la ropa sucia se lava en casa”. Ponemos nuestra música de siempre, donde otras mujeres cantan lo que nosotras quisiéramos gritar y así acompañamos lo que callamos.
Nos sentamos a remendar con diferentes hilos nuestro corazón, un hilo blanco del perdón, un rojo de dolor, uno café de rencor, uno azul de esperanza, un rosa mexicano de alegría y así, continuamos día tras día, llenando de hilos multicolores nuestras vidas.
Pero nos falta el ritual de la escritura, si escribiéramos nunca estaríamos solas, nos acompañarían nuestras otras partes, el papel se convertiría en espejo y podría reflejarnos tantas cosas, nos diría lo fuertes que somos, nos hablaría de cada arruga conquistada, de las canas que a veces nos salieron de ganas, de lo que no queremos soltar, del lastre que deberíamos lanzar, de las tardes de lluvia para reflexionar.
Por eso, ante este panorama, con los contrastes de la Habana, comienzo a contar mi historia y más que contarla a escribirla y más que a escribirla a continuarla. Este es el inicio de mi viaje, uno muy entrañable porque es al Centro de mi Tierra, al ombligo de mi mundo, donde todo se esta reordenando, reinventando, donde las situaciones tienen nuevas jerarquías, donde lo principal es mi tiempo, mi espacio y mis caminos.
Entre mojitos, cafecitos y tibios sorbitos de mate, mi memoria se excita y abro mis compuertas.
Nunca las volveré a cerrar, he quitado los candados, las puertas secretas, los lugares prohibidos, donde no se toca, no se siente. He prendido las luces y avanzo quitando telarañas que me asustan por su aspecto tétrico, me recuerdan al “coco” de la infancia, al robachicos que según mi abuela salía en las tardes, al desprestigio que caía sobre ti, si hablaban los vecinos.
Seguiré avanzando a pesar de los pesares, hasta llegar ahí. Al Nirvana, a la Tierra del Nunca Jamás, donde seré eternamente niña, como cuando flotaba en el vientre de mi madre.